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Héctor Santana y la política de lo esencial

Redacción: Héctor M Rojas, CIR Informativo

La política suele extraviarse con facilidad en el terreno de lo espectacular.

Las administraciones contemporáneas, atrapadas por la prisa de la aprobación inmediata, suelen preferir la obra vistosa, el evento multitudinario y la narrativa del instante. Se gobierna muchas veces para la fotografía, no para la estructura; para la percepción, no para la permanencia.
Por eso conviene detenerse en ciertos hechos que, aunque no poseen el fulgor mediático de un megaproyecto ornamental, contienen una densidad política mucho más profunda. La próxima construcción del acueducto de 30 kilómetros que partirá de Bucerías hacia Punta de Mita e Higuera Blanca es uno de ellos.
No se trata simplemente de una intervención hidráulica. Sería una lectura superficial reducirlo a la colocación de tubería, a la inversión pública o a la solución administrativa de una demanda de servicios. En realidad, esta obra representa una definición de prioridades; una declaración de cómo entiende el poder una autoridad municipal y de cuál será el legado que pretende construir.
Bahía de Banderas enfrenta una paradoja que durante años fue administrada, pero no resuelta: es una de las regiones de mayor dinamismo turístico e inmobiliario del Pacífico mexicano y, al mismo tiempo, una geografía donde múltiples comunidades han resentido la fragilidad de su infraestructura básica. Mientras la plusvalía crecía, la red hidráulica envejecía. Mientras la inversión privada encontraba rentabilidad, miles de familias continuaban dependiendo de un suministro irregular, insuficiente o vulnerable.
Ese desfase entre crecimiento económico y capacidad pública suele ser el germen de los conflictos sociales del futuro.
Porque no existe desarrollo auténtico cuando la prosperidad convive con carencias elementales. Una zona puede exhibir hoteles de lujo, inversiones internacionales y un mercado inmobiliario ascendente; pero si sus habitantes siguen sin acceso garantizado a servicios esenciales, lo que existe no es desarrollo: es desigualdad maquillada.
Ahí radica la importancia del proyecto que impulsa el presidente municipal Héctor Santana.
La decisión de emprender una obra hidráulica de gran calado tiene una implicación política de enorme alcance: significa reconocer que antes de pensar en adornar el municipio hay que consolidar sus cimientos. Significa asumir que gobernar no es únicamente administrar lo visible, sino resolver aquello que sostiene silenciosamente la vida cotidiana.
El agua es quizá el más político de los servicios públicos, aunque rara vez se le analice desde esa perspectiva. Su presencia o su ausencia modifica hábitos familiares, condiciones sanitarias, estabilidad comercial, percepción turística y, sobre todo, la relación emocional entre ciudadanía y gobierno. Un ciudadano puede tolerar muchas insuficiencias administrativas; difícilmente tolera que en su hogar falte lo indispensable.
Por ello, cuando una autoridad decide intervenir de manera preventiva y estructural en el tema hidráulico, está haciendo mucho más que una obra técnica: está blindando gobernabilidad.
Treinta kilómetros de acueducto significan capacidad para responder al crecimiento demográfico, para aliviar presiones futuras, para llevar agua a comunidades que históricamente observaron el desarrollo desde la orilla y para ofrecer una base material que permita que Punta de Mita e Higuera Blanca no sean únicamente escaparates turísticos, sino poblaciones con mejores condiciones de dignidad urbana.
La política de lo esencial rara vez produce aplausos instantáneos, porque sus beneficios no siempre son escénicos ni inmediatos.

Héctor Santana parece apostar, en este caso, por una forma de legitimidad más sólida: la que nace cuando el ciudadano advierte que el poder público está atendiendo aquello que realmente condiciona su calidad de vida.
Y esa es una apuesta políticamente inteligente. En un tiempo político saturado de anuncios efímeros, Héctor Santana parece enviar una señal distinta: antes que la política del adorno, la política de lo esencial.
Y pocas cosas son más esenciales que el agua.

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